Simpsonlandia

18 julio, 2007

Entrevista especial a Matt Groening

La siguiente es una entrevista hecha por la revista española Magazine de España a Matt Groening. Es larga, pero era muy buena como para resumirla:


Nada más llegar, Matt Groening cuenta atropelladamente, con una ilusión casi infantil, que un fan de los Simpson le acaba de enseñar un muñeco de Mr. Burns que nunca había visto. «¡Es un Mr. Burns disfrazado de Drácula, genial… No sabía que existía!», comenta a los que le rodeamos, sonriente, feliz. De repente, se para en seco, mira alrededor y como un niño que acaba de darse cuenta de que ha dicho algo inconveniente delante de las visitas, mira a la periodista y a Al Jean, el productor ejecutivo de Los Simpson. La película y dice bajito, justificándose, sin darse cuenta de que está metiendo aún más la pata: «Es que colecciono merchandising no oficial de la serie, a veces se encuentran piezas increíbles, hechas por los mismos fans».
–Pues es difícil que haya algo en lo que no hayan pensado. Tienen desde futbolines a papel pintado para la pared, ¿ha habido alguna propuesta que hayan rechazado, algún objeto que no quieran que lleve la marca de los Simpson?
–No sé, quizá preservativos con la cara de Bart, eso sería llegar demasiado lejos…
A lo largo de la entrevista queda claro que este hombre campechano de 53 años, con pinta de «raro de la clase», conserva ese espíritu adolescente esencial para dedicarse a lo que él hace: dibujos animados, tiras cómicas. Está claro que para esa profesión es muy beneficioso atesorar intactos rasgos inherentes a los humanos menores de 17 años. Cualidades como la capacidad de sorpresa, de ilusión, un punto gamberro y una cierta inocencia... Atributos denostados en el mundo adulto y más aún en el de los grandes magnates que manejan el universo, el territorio en el que al fin y al cabo debería moverse Matt Groening. Es decir, el artífice de Los Simpson, Life in Hell (vida en el infierno) y Futurama es uno de los personajes más influyentes de la industria del entretenimiento en todo el mundo, una de las grandes personalidades de Hollywood, un multimillonario de vaqueros sin marca y camisa tirando a arrugada que cuando se le pregunta por la cuantía de su fortuna personal, responde que la suya no se la sabe pero que Mr. Burns (el jefe de la planta nuclear en la que trabaja Homer Simpson) sí está en la lista Forbes de personajes ficticios, en el puesto número 2, con una fortuna de 16.800 millones de dólares (unos 12.300 millones euros).
Su pandilla. No resulta extraño que Groening sea íntimo de Stephen King, con el que tiene un grupo de rock, los Rock Bottom Remainders. Ambos pertenecen a esa nueva estirpe de milmillonarios de éxito social y económico que comenzaron como artistas marginales y se empeñan en seguir pareciéndolo. Empresarios y artistas que se empecinan en hacer esas cosas que uno piensa que abandonaría inmediatamente si le tocara la lotería. Ataduras como la de seguir dibujando todos los viernes del año, sin interrupción, desde hace dos décadas, la tira cómica Life in Hell, esa historieta con la que Groening comenzó a mediados de los años 80 emulando a sus ídolos del cómic underground como Robert Crumb. Life in Hell ya no se publica en fanzines ni en revistas alternativas de tirada mínima, se lee en 250 publicaciones de todo el mundo, pero a este hombre que ha conseguido llegar a lo que puede considerarse lo más alto de su carrera, con los Simpson convertidos en película, le gusta conservar esa «obligación» y crear cada semana algo exclusivamente suyo.
«Sí, ya sé que no tiene sentido», dice riéndose, acostumbrado a que la gente no entienda por qué no se pasa el día –él que puede, como Homer Simpson– bebiendo cerveza y rascándose la barriga, «pero me gusta tener que concentrarme en algo que depende únicamente de mí. De que me siente, me ponga delante del papel y empiece a dibujar. Los Simpson o en cierto modo Futurama son trabajos colectivos. Life in Hell es únicamente mío y necesito eso para seguir en forma, esa tensión de que aunque esté con 40 de fiebre o deprimido, tengo que entregar la tira el viernes antes de media tarde».
En un principio, y después de haber sido periodista freelance, de haber tenido una columna sobre música y de ser «negro» de un director arruinado de Hollywood que le contrató para escribir su autobiografía («que nunca terminé, no nos entendíamos»), Binky, el conejo de Life in Hell, estaba predestinado a ser el nuevo héroe de toda una generación de televidentes. Ese era el dibujo que iba a presentar a los ejecutivos de la Fox, pero mientras aquel veinteañero esperaba para ser recibido por el jefe supremo de la cadena, James L. Brooks, hizo un esbozo de Bart Simpson y eso fue lo que presentó. Las historias de la familia Simpson empezaron a emitirse dentro del Show de Tracey Ulman, y tres años más tarde, en 1989, para su sorpresa, tuvo un éxito tan enorme que pasó a ser un espacio de 20 minutos en horario de máxima audiencia. Algo que no ocurría con una serie de animación desde Los Picapiedra.
Esa fue la demostración de que el sueño de Matt Groening de ser dibujante de tiras cómicas no era un disparate. La mayoría de los padres que oyen a sus hijos decir que de mayores quieren ser dibujantes de TBO (lo que para muchos es sinónimo de «papá, de mayor quiero seguir siendo pequeño») se echan las manos a la cartera y les obligan a estudiar Empresariales, Medicina o algo «de provecho». El único argumento suele ser que «con eso no pueden ganarse la vida». Pero Groening lo tuvo más difícil: tenía al «enemigo» en casa. Su propio padre, Homer Groening (sí, Homer, y su madre se llama Marge y su hermana Lisa) era dibujante de tiras cómicas, así que sabía de primera mano lo difícil que era hacerse un hueco en ese oficio y el sufrimiento que le podía esperar a su hijo.
«Mi padre estaba totalmente en contra de que me dedicara a esto», explica, «y seguramente por eso yo me empeñé más en ser dibujante, como él. El éxito de Los Simpson le sorprendió y alegró casi más a él que a mí. Sinceramente, sigo sin acabar de creérmelo, cada vez que oigo a alguien que dice una expresión de Homer o de Bart o cuando algún fan me recita un diálogo completo, continúo sorprendiéndome es algo a lo que uno no acaba de acostumbrarse».
Esto lo dice el artífice de uno de los grandes estrenos cinematográficos del año. Una producción que ha costado «entre 50 millones de dólares [unos 37 millones de euros] y menos de 100 millones [unos 73 millones de euros]», explica el productor Al Jean, ante un sorprendido Groening, que comenta: «¿Tan poco? No tenía ni idea, está muy bien, ¿no?». «Sí», responde Al Jean, «es bastante barata… Shrek o Spiderman rondan los 200 ó 250 millones de dólares [entre 147 y 183 millones de euros]». Un abaratamiento de los costes en el que ha influido el hecho de optar por una técnica sencilla, el dos dimensiones de toda la vida, como parte del espíritu de una película que se basa en el guión y en las ideas más que en los efectos especiales. «Queríamos mantener el trazo imperfecto», explica Groening, «en el que se nota el lápiz, porque los personajes de los Simpson también son imperfectos».
El filme llega después de 400 episodios y 20 años de éxito ininterrumpido y en él están los 300 personajes que han aparecido en la serie a lo largo de estos años (todos a la vez, en una escena multitudinaria, como una superproducción manda). Es el gran lanzamiento mundial del verano, se estrena en 12 idiomas distintos, con todas las medidas de seguridad para evitar la piratería. Un equipo especial de Fox transporta de ciudad en ciudad la copia secreta con el avance para la prensa. Diez minutos de metraje que sirven para que los «elegidos» podamos propagar el mensaje a los que tienen que esperar hasta el 26 de julio para ver la película y que contienen algunas de esas claves que aseguran que se hablará de ella: hay un desnudo integral de Bart Simpson, que se vende, con mucha ironía, como si fuera el de Scarlett Johansson…
Ese dato anecdótico, esa broma, es una pequeña parte del espíritu transgresor, hasta cierto punto «políticamente incorrecto», de esta serie que gracias a su éxito masivo ha conseguido que otras como South Park o Padre de familia salgan de los ámbitos más minoritarios para ser éxitos comerciales. Da la impresión de que las series de animación son la reserva del espíritu crítico de occidente... «Sí, la verdad es que el hecho de que hagamos dibujos animados nos da una libertad para hacer crítica política y social que de otra manera no tendríamos. Ni Bart podría salir desnudo, ni quedaría bien que, por ejemplo, Homer estrangulara cada dos por tres a su hijo. El hecho de que sean ‘dibujitos’ y que la crítica la hagamos con humor nos libra de muchos problemas. Hemos abordado temas que pensábamos que eran tabú como la religión o la legalización de la marihuana, pero no hemos tenido demasiados conflictos» explica.
–Pero el poder de la serie en la opinión pública es enorme, ¿supone eso una presión a la hora de criticar algo o a alguien?
–Al principio no éramos del todo conscientes, pero ocurren cosas que te hacen reflexionar sobre la posible responsabilidad que tienes. Me viene a la memoria un episodio en el que recogimos unas declaraciones que había hecho un profesor de Harvard que decía que las mujeres tienen menos capacidad para las matemáticas que los hombres. Lo cierto es que él lo dijo basándose en las estadísticas, no lo dijo como algo machista. Pero después de emitirse el episodio en el que hacíamos bromas al respecto hubo tal revuelo que el profesor tuvo que dimitir.
–El mensaje de Los Simpson es bastante duro con las ideas conservadoras del partido republicano. ¿Han tenido problemas con la cadena Fox, claramente republicana o el hecho de ser tan rentables les blinda contra la censura?
–Yo creo que le caemos bien a Murdoch [dueño de la cadena Fox]. Incluso lo sacamos en un episodio, y no precisamente muy favorecido, y parece que le divirtió. El canal de noticias sí, es claramente conservador, pero el de las series no tanto. Hombre, nos han dado algún toque, como cuando hicimos una especie de anuncio emulando esa publicidad en la que se dice que una empresa se ha modernizado, pero con la Iglesia Católica. De todas formas en Estados Unidos siempre va a haber alguien o algún colectivo que va a sentirse ofendido con algo que digas así que no puedes estar pendiente de eso.
–Muchos políticos, desde Nixon, que es una especie de obsesión suya, hasta Clinton, han sido caricaturizados. ¿Cómo aparecería algún político español, por ejemplo Zapatero o Aznar, al que quizá conozca porque va mucho a Estados Unidos?
–La verdad es que no conozco a los políticos españoles. Sólo a Franco… y tampoco tengo información suficiente sobre él. Muchas veces se espera de nosotros que tengamos opiniones sobre casi todo, pero yo no soy un analista político, ni un sociólogo, soy un dibujante y la verdad es que hay muchas cosas de las que no tengo ni idea y no quiero ser el típico que se pasa el día opinando sobre todo. Respecto a Nixon sí, es una de mis obsesiones, le tengo una manía especial... De hecho, a mí me pilló en España, de viaje, todo el caso Watergate y estaba deseando volver a Estados Unidos para vivir allí su posible dimisión. Tuve la mala suerte de que dimitió en el momento en el que volvía en avión a mi país. Pero puedo decir que ese día, el de la dimisión de Nixon, fue uno de los más felices de mi vida. Él es una constante en mi obra. En Futurama es el presidente de la Tierra y tienen su cabeza en una urna.
Los Simpson siempre han tenido una actitud muy crítica e iconoclasta. Pero mientras que series como South Park, Kevin Spencer o Padre de familia llevan su incorrección política hasta el extremo, en Los Simpson siempre se han mantenido asuntos intocables, podría decirse que tiene sus propias normas internas de incorrección política. Por ejemplo, las mujeres tienen un papel positivo, son fuertes, mucho más listas que los hombres. «Nosotros», explica, «partíamos de la estructura clásica de la sit-com familiar, pero con elementos que rompen con esa estructura, incluido el papel de la mujer. Nos parecía que poner a Lisa como una niña fuerte que es capaz de ganar en una pelea físicamente a su hermano estaba bien y que las mujeres fueran más listas y más responsables pues era una forma de ajustarnos a la realidad y de romper con esos tópicos de algunas comedias de situación de toda la vida».
Que los Simpson se han convertido en un referente de la cultura pop es evidente. Pero el propio Matt es un fanático de otros mitos. Para él es esencial que en la serie haya referencias culturales, incluso de, digamos, alta cultura. «Algunos son muy obvios, dirigidos a un gran público, como en la película, el homenaje a Titanic, con el grupo punk rock Green Day mientras se hunde la plataforma donde tocan, pero hay otras más sutiles, como cuadros de Dalí o a la escena del ojo de Un perro andaluz, de Buñuel. Si sirve para que alguien se interese por esas obras o esos clásicos pues magnifico», comenta.
–Aparecer en Los Simpson es como tener una figura en el Museo de Cera pero, ¿ha habido algún personaje que no haya querido participar?
–Sí, David Beckham, pero da igual, invitamos a Ronaldo, que sí quiso poner su voz y todo arreglado.
–Da la impresión de que muchos de los famosos que ponen su voz en la serie están ahí porque son sus ídolos, que es una manera de conocerlos. ¿Es así?
–En algunos casos sí. Por ejemplo, me encantó que participaran Eric Clapton o George Harrison. La verdad es que Harrison al principio estaba un poco serio, todo el mundo le hablaba de tal o cual canción de los Beatles y parecía bastante harto… pero en cuanto le mencionamos Wonderwall music, su primer disco en solitario, se le iluminó la cara, estaba encantado de que por fin alguien le hablara de su trabajo como solista.
–Como le pasa a usted cuando le hablan de Life in Hell en vez de Los Simpson, ¿no?
Matt Groening se revuelve en el asiento y un leve tono rosado aparece en sus mejillas. Mira a Al Jean, que está al fondo de la habitación, muerto de risa, consciente de que han pillado en falta a su amigo. Matt mira a la periodista y responde como si estuviera muy convencido: «Eso no es cierto. Yo adoro a los Simpson pero Life in Hell es distinto, es algo más íntimo, más mío, pero yo adoro a los Simpson».